La de “Y nos dieron las diez”, de Sabina, y “Ojos de gata”, de Los Secretos, tiene toda la pinta de haber nacido así: con humo, poca luz, demasiada noche y dos tipos que sabían que la historia de una mujer puede dar para unos minutos o ser eterna. Depende de si la canción es la adecuada.
Imagínense Madrid. Finales de los ochenta o principios de los noventa. Un bar con botellas esperando ser conversadas por un par de noctámbulos detrás de la barra, el humo del tabaco flotando como niebla municipal y Joaquín Sabina sentado en una esquina, con cara de haber perdido una guerra y estar pensando en montar otra.
Entra Enrique Urquijo, que siempre parecía llegar desde una tristeza antigua, como si pidiera perdón por tener alma.
—¿Qué haces, Joaquín?
—Perder el tiempo con cierta dignidad. Es un oficio poco reconocido.
—¿Otra canción?
—Peor. Una mujer.
Y Sabina saca una servilleta. Una de esas servilletas de bar cutre, que no sirven para limpiarse bien pero tampoco para olvidar, y por eso se usan para anotar desde un acuerdo secreto hasta ese número de teléfono al que nunca te atreverás a llamar y que, naturalmente, era el de la mujer de tu vida.
En este caso llevaba apuntado el germen de una historia: una chica, un pueblo con mar, una noche que se alarga y unos ojos de gata.
De gata de tejado. De esas que te miran como si ya supieran que te van a dejar hecho un solar.
Enrique lee aquella nota arrugada despacio. Porque Enrique no leía las canciones: las escuchaba por dentro.
—Esto tiene algo —dice.
—Tiene resaca —contesta Sabina—. Y eso, trabajado con cariño, puede llegar a canción.
—Es triste.
—Claro. Si fuera alegre sería una comparsa.
Entonces ocurre lo bonito, lo canalla y lo humano. Sabina, que aún no sabe muy bien qué hacer con ese arranque, le entrega a Enrique la servilleta. No la canción entera. El germen. La chispa. La primera mordida.
—Toma. Haz algo con esto.
—Luego dirás que te la he robado.
—Robar está feo. Digamos que te la presto en régimen de alquiler sentimental.
Y ahí queda la escena: dos amigos, una copa, una servilleta y una mujer ausente gobernándolo todo desde ningún sitio. Como mandan las buenas musas: sin avisar y dejando facturas muy caras en el corazón.
Después cada uno hizo lo suyo. Enrique convirtió aquel germen en “Ojos de gata”, una canción más íntima, más herida, más de persiana bajada y corazón hablando bajito. Sabina, por su parte, acabó escribiendo “Y nos dieron las diez”, que es la misma, pero con más calle, más barra, más cama deshecha y ese descaro suyo de convertir una pérdida en verbena.
Por eso durante años hubo quien pensó que uno había copiado al otro. Normal. Las dos canciones comparten una sombra, una mirada, una gata cruzando la madrugada. Pero la versión más verosímil no habla de robo. Habla de amistad, despiste, talento y nocturnidad. Que son cuatro ingredientes bastante españoles, por cierto.
Una chispa salió de una servilleta y se partió en dos caminos.
En manos de Enrique se volvió melancolía y alcohol.
En manos de Sabina se volvió incendio de pasión apagado al amanecer.
Y nosotros, que somos los beneficiarios de aquel pequeño desorden, seguimos escuchándolas como se escuchan las cosas que no terminan de irse. Con una sonrisa, un pellizco y la sensación de que alguna vez todos hemos conocido a alguien con ojos de gata con quien nos dieron las diez. Pero que fue alguien que no se quedó. Alguien que no hizo falta que se quedara para no marcharse nunca del todo.
Ahora, la putada: ¿qué versión prefieres?
Personalmente tengo que oír las dos. No sabría con cual quedarme.
[FB David Criado]

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